miércoles, 14 de junio de 2017

Rebeca Becerra: “No sé por qué me dejaron dormida debajo de la muerte”

Rebeca Becerra: “No sé por qué me dejaron dormida debajo de la muerte”

el

Las viejas horas

Rebeca Becerra

A mi hermano Eduardo Becerra Lanza,
desaparecido, torturado y asesinado en el año de 1982.

Las viejas horas vuelven,
encienden los caminos de la sangre,
y me enseñan tus huesos inundados de espanto.

Ciudad, apenas te percibo
como un nido sobre un árbol desnudo;
una gota de agua solitaria
enredada en los labios.

Las viejas horas me abrazan,
me torturan como a ti,
como a ti hermano.
Me sangran,
me sangran,
me quebrantan los huesos
y me pintan el pelo
como un río de polvo
que atraviesa tu rostro.

Pequeña ciudad
tu voz me susurra en la espalda,
y los pasos avanzan;
la piel se me desgaja de los huesos.

Y somos iguales, hermano,
los dos sentimos frío
y nos buscamos en dos ciudades
sobre la misma tierra.

 

Sentada

Rebeca Becerra

Sentada, entre tantos papeles,
llega el sonido de las campanas
recordando el tiempo de vivir.
Abandono todo. Sobre el escritorio
queda el poema
que comencé a escribir.
Quisiera creer que la madera
puede comprender
las palabras
que ahí he dejado escritas:

“El padre barre el jardín y las calles.
El niño lo mira, toma la escoba y muere.”

Pero yo tampoco descifro
la vida de las hojas,
su denuedo por vivir
y nuestra satisfacción por barrerlas.

 

Evocación Rebeca Becerra

No hubo principio,
pues ya todo existía,
como el pasto trenzado por el viento.

Todo era bulla,
algazara,
reinaban los colores en las plumas.
Sí, ya todo existía.

No sé por qué me dejaron dormida
debajo de la muerte,
y aún más allá de ella,
en el ombligo neutro de la nada.

No consideraron mi carne de maíz,
mis dedos de obsidiana.
Yo me digo levántate y escribe.
Recoge del día la sangre de la noche
y líbrame del tiempo tejido por la muerte.

 

Borde de mis ojos
Rebeca Becerra

Me asomo al borde de mis ojos
para poder ver cómo es el mundo.

Me acuesto en mis pupilas,
viene el vértigo,
la náusea de existir
y cuando bajo hacia mí misma,
hacia mi cuerpo,
vuelve el tiempo a roer mis articulaciones,
y soy ese ancestro,
ese eslabón perdido
encarnado en mis huesos.

Vienen las palabras primarias
a probar mi lengua:
un grito primitivo explota
entre mis poros.

 

Nacer
Rebeca Becerra

Me veo nacer con la palabra
a medida que avanzo.
No soy una sombra,
una visión,
una ilusión,
un sueño,
un estado,
ni un estarse quieta
recibiendo lo primitivo,
los instintos;
el universo,
el susurrar de la materia.
Quiero verlo todo
atravesarlo sin hablar;
fundirme
como el rayo de sol
que lo descubre.


Rebeca Ethel Becerra Lanza
Nació en Tegucigalpa, Honduras, 1969. Poeta, narradora y ensayista. Es Licenciada en Letras con orientación en Literatura por la Universidad Nacional Autónoma de Honduras (UNAH). Recibió en el año de 1992 por su libro Piedra y luna (inédito) el Premio Único Centroamericano de Poesía “Hugo Lindo” en la República de El Salvador. Ha publicado varios libros de poesía: Sobre las mismas piedras (Honduras 2004), Las palabras del aire (Honduras 2006), Persuasión de las cosas (Costa Rica 2016) y Del tiempo (antología) (El Salvador 2016), Camila (Honduras 2017). Su trabajo literario ha sido publicado en revistas, antologías y periódicos tanto nacionales como extranjeros.

miércoles, 15 de marzo de 2017

LAS SOMBRAS DE LA LUNA/Hernán Antonio Bermúdez



LAS SOMBRAS DE LA LUNA/Hernán Antonio Bermúdez

Camila se levanta con las sombras de la luna (p. 9)
Camila es el título de este poemario breve de Rebeca Becerra que posee una estructura cristalina. Después de sus libros anteriores, donde la poesía asumía a menudo un carácter sombrío y lóbrego, la autora perfecciona ahora una entonación apegada a la secuencia de lo que quiere expresar, de tal manera que las palabras salen, escuetas, como chispas de su pluma: Ella se despereza y sacude el cabello/ adornado de estrellas,/ sopla con su boquita de jarro/ a los murciélagos haraganes de los árboles (p. 9).

Se me antoja que las facultades creativas de Rebeca Becerra le permiten encajar las proporciones y  contornos de una poesía que ha hecho a un lado las banalidades narrativas sobre la infancia.

 Se está, más bien, frente a una poeta que juguetea con los diversos estratos semánticos de las palabras, y que sabe relacionar de forma novedosa las percepciones y vislumbres acerca del crecimiento de su hija. Así, circunscribe con un lenguaje preciso y adecuado lugares, hechos y ocurrencias:  Camila lleva su sombra zurcida a la piel,/ se ven las puntadas,/ pequeños caminos de azúcar y miel (p. 11).

Se trata de un estilo traslúcido, y refulgen en su interior los cristales capaces de producir el prodigio de la sencillez: el resplandor de la frugalidad verbal. Atrás queda la angustia de comprobar que todo resultaba insoportable, o la desesperanza rayana en la pesadumbre. En cambio ahora: Su uniforme blanco/ se columpia en un gancho/ y sus zapatos negros/ respiran tranquilos con los cordones sueltos./ Sonrientes en el tendedero/ con agua de cielo se enjuagan los calcetines (p. 15).

Se echa de ver en este poemario el esmero de una ebanista-del-texto, pues la poeta coloca minuciosamente las bisagras de su poesía, con sus  ensambladuras apenas necesarias. Así, pareciera que cada poema desprende el aroma dulce de una niñez cuyas instantáneas emergen como pequeñas luces en la oscuridad.

Por supuesto que ese tono no es sino una destilación del quehacer poético de la autora, cuya bicicleta curtida en derrotas y sinsabores queda en la cuneta, pues sabe de sobra que “no hay nada más terrible, más espantoso, que estar despierto en el sueño de otro” (Krasznahorkai).

Para llegar a esta nitidez, Rebeca Becerra ha sabido recurrir a su bagaje verbal y alisar las líneas, hasta producir ese centelleo de la frase: Amanece./Los luceros parten/ a descansar/ en el corazón/ del limonero (p. 19).

Lejos, pues, de las aguas de la ternura previsible, tan artificiosa como una ópera, en Camila se siguen y persiguen esos minúsculos gestos y destellos que llamean y arden, para que quede el rescoldo de un metal precioso entretejido de manera finísima: Los limones viejos/ se deslizan por los caminos/ que ha trenzado el viento./ Entran en la cesta como en una cuna/ y se quedan quietos, como niños tiernos (p. 23).

“El mar no conoce a Camila” es, para terminar, un poema espléndido que logra plasmar con finura el susurro (cuando no el zumbido) marino, por momentos con un hilo de voz.

Con Camila Rebeca Becerra ensambla un libro corto en el que ha hecho encajar las piezas con suma precisión, y consigue dispersar –y hacer a un lado— las virutas. Todo ello gracias a su imaginación poética y, como buena ebanista, al sagaz cepillado de las líneas.

Tegucigalpa, 14 de noviembre del 2016