domingo, 22 de octubre de 2017

EL ÁRBOL: Un cuento de María Luisa Bombal/Rebeca Becerra



María Luisa Bombal (1910-1980). Escritora y música chilena. Es una narradora poco conocida en Honduras, su obra no excede de dos novelas y tres cuentos; publicaciones de una gran profundidad donde las mujeres son las protagonistas que, a través de la narración suelen escaparse o esconderse de la realidad.

Aborda la condición de la mujer desde lo social-psicológico —apartándose del realismo que privó en su época en la literatura chilena—  desnudando el tema de la soledad femenina. Su obra es reflejo de su tormentosa vida y está compenetrada de la conciencia individual y de una insondable atmósfera poética. Su técnica y propuesta narrativa brindó una idea diferente de lo narrativo anticipándose a la literatura fantástica. Uno de sus cuentos más destacados es El árbol.

El cuento se desarrolla en la estructura de una composición musical. Tres compositores con carácter y estilos completamente diferentes, tres épocas que se suceden: Mozart (1756-1791), Beethoven (1770-1827) y Chopin (1810-1849) van recreando las diferentes etapas de la vida de Brígida, protagonista, una vida sencilla, común e indiferente vista a través de una especie de recuerdo/ensoñación.

Brígida, la menor de seis hermanos, ha sido casada con un amigo de su padre, quien le dobla en edad. Su dormitorio es el espacio narrativo donde confluye pasado y presente, sombras, recuerdos y sueños. Afuera un árbol de gomero no deja contemplar a cabalidad la vida, una vida que se desarrolla dentro de la cotidianidad: una calle que desemboca en un río donde mariposean las voces de los niños, balcones de niquel, ropas colgadas y jaulas con canarios sofocados por el intenso calor. Las ramas golpean la ventana de su dormitorio pero solo las sombras penetran para reflejarse sobre un armario donde guarda su vestimenta. El árbol de gomero encarna la vida, sus ramas en permanente danza pujan por entrar a un espacio dominado por la oscuridad/muerte como la música de Chopín; las hojas revolotean en juego llamando a la ventana de Brígida como las composiciones de Mozart y se sostienen perennes en la fortaleza del tronco como las composiciones beethovianas.

Los cuatro elementos están presentes en el cuento: la tierra que sostiene y alimenta al gomero; pero al mismo tiempo lo ata a un solo lugar. El fuego simbolizado el verano y el ardiente calendario que deja caer sus luminosas páginas; desde esa imagen el tiempo se detiene en el aire y entre el sopor de la habitación. El agua es el río, la lluvia, las lágrimas que derrama la protagonista, los espejos en donde se refleja y el acuario donde vive inmersa la mirada de Brígida. El viento el ente que hace que las hojas visiten su ventana. Símbolos con los cuales María Luisa Bombal crea imágenes sumamente poéticas, que según Seymour Menton caen en un incierto surrealismo que no se concreta, pero además se percibe una influencia simbolista-modernista.

Luis, su esposo, representa la senilidad, la edad que se aproxima a la muerte, la decadencia pero también la dulzura, la comprensión y la paciencia que solamente se gana a través de haber andado por los años. Al contrario, Brígida figura la vida misma, el juego, la inmadurez, la inseguridad de la juventud;  pero también aquella mujer a quien la suerte la relegó al silencio, por eso es un “collar de pájaros”; condenados al silencio, atados a su cuello y a la tierra, sumisos deseando la libertad.

El argumento pareciera remitirnos al siglo XIX o comienzos del XX, una época de mucha influencia de la cultura europea en Latinoamérica. Una familia tradicional donde la importancia del orden de nacer era fundamental para heredar tradiciones, talentos, posiciones y por ende reconocimiento y un buen futuro. La importancia que se le daba a los hijos mayores repercutía en los menores, reflejados en el cuento en la manera de ser y valorarse de la protagonista, prejuicios que no le permiten ver la vida como es, sino a través de una ventana donde el árbol de gomero la obstruye. ¿Quiénes son los culpables del comportamiento de Brígida, su padre o ella misma que se considera menos que sus hermanas porque es diferente y admite el silencio? Al final lo único que le queda es la música que la acompaña mientras ella recuerda a través de la narradora, quien también la juzga a través de lo narrado.

CAMILA, UNA JOYA DE NUESTRA LITERATURA

CAMILA, UNA JOYA DE NUESTRA LITERATURA
Por Jorge Martínez Mejía
 
Mencionar el apellido Becerra en Honduras es referirse a una culta familia dedicada al arte. Rebeca Becerra nació teniendo alrededor tías y tíos escritores y pintores, todos orientados a interrogar el sentido de la hondureñidad, si no a cuestionarlo. Una familia comprometida con las transformaciones sociales y marcada por ese mismo compromiso. No es de extrañar, por tanto, el tono reflexivo, interrogante que Rebeca utiliza en cada uno de sus libros publicados: En Sobre las mismas piedras (2004), nos interroga sobre la deshumanización de la vida; en Las palabras del aire (2006), nos muestra un movimiento pendular entre la vida y la muerte; en Persuasión de las cosas (2017), nos hace asomarnos por primera vez a contemplar el mundo desde la extraña presencia de las cosas en su cotidianidad.
 
Rebeca Becerra es exigente en la escogencia de las palabras. Cada uno de sus versos están construidos con una paciente inteligencia selectiva. Sus cualidades como poeta y los rasgos de su trabajo literario, confirmados por la crítica especializada de literatura, la emparentan con los connotados poetas Roberto Sosa y José Luis Quesada.
 
Camila, es un precioso relato poético. Un poema que puede leerse como un cuento. Rebeca utiliza en Camila la estrategia de invitarnos al mundo de Camila, su personaje, con un tono fraternal en la voz. Es una delicada ofrenda, como un grano de oro colocado en la palma de nuestras manos o un tibio rayo de sol.
 
Por esta sensación mágica Hernán Antonio Bermúdez señala en su prólogo al libro que:
“…Después de sus libros anteriores, donde la poesía asumía a menudo un carácter sombrío y lóbrego, la autora perfecciona ahora una entonación apegada a la secuencia de lo que quiere, de tal manera que las palabras salen escuetas, como chispas de su pluma”.
Como en el siguiente verso:
“Ella se despereza y sacude el cabello/adornado de estrellas, /sopla con su boquita de jarro/ a los murciélagos haraganes de los árboles.”
 
En general, la obra poética de Rebeca Becerra se sostiene en estructuras oníricas o similares a los sueños, en los que nos traslada a espacios lúdicos donde las imágenes de la realidad se deslizan hasta fundirse en la luz nebulosa de la fantasía, de tal manera que no es posible diferenciar entre una y otra. La convicción de la autora al presentarnos su mundo, extraído de la realidad concreta de su experiencia, a veces dolorosa y oscura, hace que nuestra lectura se vea afectada por la confianza que brinda la evidencia testimonial.
 
El cuidadoso registro de su mundo subjetivo y la precisión en la escogencia de sus materiales, modulan nuestra percepción para ofrecernos un conjunto de imágenes armoniosas de acuerdo a su intención artística.
 
Camila está distribuido en cinco partes: En la primera, Camila, en su espacio cotidiano, sale a la escuela. En la segunda, Camila habita la ciudad desde la ventana. En la tercera, El limonero: el amanecer, la luz y el viento anidan en el pelo de Camila. En la cuarta, El mar no conoce a Camila, la extraña. En la quinta, El espejo del bisonte, Camila ve en el espejo al bisonte y juntos juegan sobre la pradera.
 
En cada una de estas piezas que componen un conjunto melódico en Camila, se puede apreciar un acercamiento esotérico de Rebeca al mundo de las cosas cotidianas. Una mirada mágica, fascinada, que transforma recuerdos, sensaciones y emociones, para revelarnos el mundo extraño en que habitamos, y que muchas veces dejamos pasar como si nada. Pero es la magia de su palabra pulida con esmero, la que despierta insondables y maravillosos mundos solamente posibles a través de la poesía. Camila es un laboratorio de ensueño construido a base de diligente trabajo con la palabra, el esmero con el que Rebeca Becerra transforma las cosas habituales de la existencia, en auténtica poesía.
 
El carácter sustantivo del trabajo de Rebeca Becerra en las letras hondureñas es el resultado de la honestidad de su propuesta. Alejada del ejercicio banal de la acrobacia literaria, Camila es una joya de nuestra literatura, una ventana por donde se puede ver un mundo antagónico al sombrío lugar que habitamos.

miércoles, 14 de junio de 2017

Rebeca Becerra: “No sé por qué me dejaron dormida debajo de la muerte”

Rebeca Becerra: “No sé por qué me dejaron dormida debajo de la muerte”

el

Las viejas horas

Rebeca Becerra

A mi hermano Eduardo Becerra Lanza,
desaparecido, torturado y asesinado en el año de 1982.

Las viejas horas vuelven,
encienden los caminos de la sangre,
y me enseñan tus huesos inundados de espanto.

Ciudad, apenas te percibo
como un nido sobre un árbol desnudo;
una gota de agua solitaria
enredada en los labios.

Las viejas horas me abrazan,
me torturan como a ti,
como a ti hermano.
Me sangran,
me sangran,
me quebrantan los huesos
y me pintan el pelo
como un río de polvo
que atraviesa tu rostro.

Pequeña ciudad
tu voz me susurra en la espalda,
y los pasos avanzan;
la piel se me desgaja de los huesos.

Y somos iguales, hermano,
los dos sentimos frío
y nos buscamos en dos ciudades
sobre la misma tierra.

 

Sentada

Rebeca Becerra

Sentada, entre tantos papeles,
llega el sonido de las campanas
recordando el tiempo de vivir.
Abandono todo. Sobre el escritorio
queda el poema
que comencé a escribir.
Quisiera creer que la madera
puede comprender
las palabras
que ahí he dejado escritas:

“El padre barre el jardín y las calles.
El niño lo mira, toma la escoba y muere.”

Pero yo tampoco descifro
la vida de las hojas,
su denuedo por vivir
y nuestra satisfacción por barrerlas.

 

Evocación Rebeca Becerra

No hubo principio,
pues ya todo existía,
como el pasto trenzado por el viento.

Todo era bulla,
algazara,
reinaban los colores en las plumas.
Sí, ya todo existía.

No sé por qué me dejaron dormida
debajo de la muerte,
y aún más allá de ella,
en el ombligo neutro de la nada.

No consideraron mi carne de maíz,
mis dedos de obsidiana.
Yo me digo levántate y escribe.
Recoge del día la sangre de la noche
y líbrame del tiempo tejido por la muerte.

 

Borde de mis ojos
Rebeca Becerra

Me asomo al borde de mis ojos
para poder ver cómo es el mundo.

Me acuesto en mis pupilas,
viene el vértigo,
la náusea de existir
y cuando bajo hacia mí misma,
hacia mi cuerpo,
vuelve el tiempo a roer mis articulaciones,
y soy ese ancestro,
ese eslabón perdido
encarnado en mis huesos.

Vienen las palabras primarias
a probar mi lengua:
un grito primitivo explota
entre mis poros.

 

Nacer
Rebeca Becerra

Me veo nacer con la palabra
a medida que avanzo.
No soy una sombra,
una visión,
una ilusión,
un sueño,
un estado,
ni un estarse quieta
recibiendo lo primitivo,
los instintos;
el universo,
el susurrar de la materia.
Quiero verlo todo
atravesarlo sin hablar;
fundirme
como el rayo de sol
que lo descubre.


Rebeca Ethel Becerra Lanza
Nació en Tegucigalpa, Honduras, 1969. Poeta, narradora y ensayista. Es Licenciada en Letras con orientación en Literatura por la Universidad Nacional Autónoma de Honduras (UNAH). Recibió en el año de 1992 por su libro Piedra y luna (inédito) el Premio Único Centroamericano de Poesía “Hugo Lindo” en la República de El Salvador. Ha publicado varios libros de poesía: Sobre las mismas piedras (Honduras 2004), Las palabras del aire (Honduras 2006), Persuasión de las cosas (Costa Rica 2016) y Del tiempo (antología) (El Salvador 2016), Camila (Honduras 2017). Su trabajo literario ha sido publicado en revistas, antologías y periódicos tanto nacionales como extranjeros.

miércoles, 15 de marzo de 2017

LAS SOMBRAS DE LA LUNA/Hernán Antonio Bermúdez



LAS SOMBRAS DE LA LUNA/Hernán Antonio Bermúdez

Camila se levanta con las sombras de la luna (p. 9)
Camila es el título de este poemario breve de Rebeca Becerra que posee una estructura cristalina. Después de sus libros anteriores, donde la poesía asumía a menudo un carácter sombrío y lóbrego, la autora perfecciona ahora una entonación apegada a la secuencia de lo que quiere expresar, de tal manera que las palabras salen, escuetas, como chispas de su pluma: Ella se despereza y sacude el cabello/ adornado de estrellas,/ sopla con su boquita de jarro/ a los murciélagos haraganes de los árboles (p. 9).

Se me antoja que las facultades creativas de Rebeca Becerra le permiten encajar las proporciones y  contornos de una poesía que ha hecho a un lado las banalidades narrativas sobre la infancia.

 Se está, más bien, frente a una poeta que juguetea con los diversos estratos semánticos de las palabras, y que sabe relacionar de forma novedosa las percepciones y vislumbres acerca del crecimiento de su hija. Así, circunscribe con un lenguaje preciso y adecuado lugares, hechos y ocurrencias:  Camila lleva su sombra zurcida a la piel,/ se ven las puntadas,/ pequeños caminos de azúcar y miel (p. 11).

Se trata de un estilo traslúcido, y refulgen en su interior los cristales capaces de producir el prodigio de la sencillez: el resplandor de la frugalidad verbal. Atrás queda la angustia de comprobar que todo resultaba insoportable, o la desesperanza rayana en la pesadumbre. En cambio ahora: Su uniforme blanco/ se columpia en un gancho/ y sus zapatos negros/ respiran tranquilos con los cordones sueltos./ Sonrientes en el tendedero/ con agua de cielo se enjuagan los calcetines (p. 15).

Se echa de ver en este poemario el esmero de una ebanista-del-texto, pues la poeta coloca minuciosamente las bisagras de su poesía, con sus  ensambladuras apenas necesarias. Así, pareciera que cada poema desprende el aroma dulce de una niñez cuyas instantáneas emergen como pequeñas luces en la oscuridad.

Por supuesto que ese tono no es sino una destilación del quehacer poético de la autora, cuya bicicleta curtida en derrotas y sinsabores queda en la cuneta, pues sabe de sobra que “no hay nada más terrible, más espantoso, que estar despierto en el sueño de otro” (Krasznahorkai).

Para llegar a esta nitidez, Rebeca Becerra ha sabido recurrir a su bagaje verbal y alisar las líneas, hasta producir ese centelleo de la frase: Amanece./Los luceros parten/ a descansar/ en el corazón/ del limonero (p. 19).

Lejos, pues, de las aguas de la ternura previsible, tan artificiosa como una ópera, en Camila se siguen y persiguen esos minúsculos gestos y destellos que llamean y arden, para que quede el rescoldo de un metal precioso entretejido de manera finísima: Los limones viejos/ se deslizan por los caminos/ que ha trenzado el viento./ Entran en la cesta como en una cuna/ y se quedan quietos, como niños tiernos (p. 23).

“El mar no conoce a Camila” es, para terminar, un poema espléndido que logra plasmar con finura el susurro (cuando no el zumbido) marino, por momentos con un hilo de voz.

Con Camila Rebeca Becerra ensambla un libro corto en el que ha hecho encajar las piezas con suma precisión, y consigue dispersar –y hacer a un lado— las virutas. Todo ello gracias a su imaginación poética y, como buena ebanista, al sagaz cepillado de las líneas.

Tegucigalpa, 14 de noviembre del 2016

sábado, 6 de junio de 2015

Algo sobre Memorial de Rigoberto Paredes / Rebeca Becerra

Algo sobre Memorial de Rigoberto Paredes

Rebeca Becerra
Abril 2015

Memorial es un poema al cual no afecta ni lo hará el paso del tiempo porque es la suma de tiempos contenidos; el de la infancia (pasado), el de la adultez del poeta (presente) y el futuro, probable soledad. Un texto anecdótico donde el espacio-tiempo se complementa de manera poética.

Dice Paredes “el manso oleaje del tiempo nos vuelve al origen”, “…el tiempo es retorno pero no retroceso sino como avance infinito hacia el punto de partida, recorriendo la circunferencia finita para volver al mismo punto[1] al tiempo del origen, donde se da la vida. El tiempo nos transporta a otro tiempo que se ha transformado en recuerdo, evocación de vivencias. En este sentido somos tiempo y recuerdo, pero más que esto somos prisioneros (as) del tiempo que es evocación y del espacio que es realidad. Es este espacio-tiempo el que nos construye, crea y nos extingue. El tiempo teje y desteje nuestra realidad.

En el poema pasado/presente corren de forma paralela. El “volver” física o en evocaciones lleva al poeta a la confrontación de varias realidades como por ejemplo la vivida:
           
“uno
vuelve
al lugar donde dejó su vida”

Paredes es enfático al separar el pronombre “uno” que al mismo tiempo toma la significación de número y el verbo “vuelve” porque de antemano sabe que ese volver tiene que hacerse solo, solamente uno vuelve, convertido en uno solo como se fue de ese lugar, donde para Paredes dejó no parte sino su vida completa, o la vida de ese pasado evocado. Vuelve al origen de su ser, es un volver ontológico no una simple visita a la casa materna/paterna.

La otra, es una realidad que no se vivió en esa sino en otra realidad (ausencia), la cual provoca rabia:

            “la rabia no es igual crece sin tregua
está fiera-en-asecho
y por dentro nos dice no es posible el perdón a estas alturas”

El perdón en la realidad del presente es imposible, el oleaje manso del tiempo, las mismas horas repetidas en el reloj del pueblo lo han transformado todo. Ya no queda quien pueda perdonar la ausencia. El tiempo ha asesinado a los seres queridos y surge una soledad universal aquí o allá, a donde vaya el poeta. El volver se torna en desencuentro.
           
            “y no hay madre que diga te esperábamos siempre
ni padre que nos cobre a regaños la ausencia”

El poeta ha perdido y pagado la ausencia por vivir un tiempo en otra realidad “necesaria”. La evocación es sumamente dolorosa, pero no más que la reflexión ante el regreso-desencuentro, que bien define Paredes:

            “esta-aquella la casa
la criatura llorando por bocado
            y el patio con abuelos esperando la muerte a todas horas
            uno vuelve y no hay perro que alegre su cola por nosotros
no hay quien diga siquiera es duro este lugar por qué volviste”

Confrontado, el poeta, se encuentra perdido, ya no sabe si es esta o aquella casa o las dos a la vez donde el ser experimenta desolación y ausencia en la presencia. Sin embargo hay elementos en los que se reconoce aun:

            “sólo antiguas preguntas y lo mismo terrible
            la iglesia y sus mendigos
el espanto y sus jueces
            el silencio y su estirpe faltándole el respeto a las estatuas”

Para Paredes el tiempo en estos elementos ha quedado inmóvil, a pesar de su paso hay cosas que no cambian, son “lo mismo terrible” dice. “Por un lado, la negación del movimiento del tiempo puede convertirse para el poeta en un anhelo; en la otra cara de la moneda, en una forma de burla al tiempo inexorable para mantener un asidero existencial, pero paradójicamente, la negación de movimiento temporal no deja intactos los planos del pasado y el futuro, sino que se inmiscuye en ellos destruyéndolos desde la raíz, dejando un pasado irrecuperable y un amanecer inalcanzable”[2]

En un verso expresado entre paréntesis como una acotación que distancia los planos temporal-espacial, Paredes reafirma que el irnos, el huir de “las mismas horas que urgieron nuestra infancia”, el dejar la casa o el pueblo, el país (origen-vida), no nos asegura la conquista del mundo que soñamos cuando niños o adolescentes. Tampoco la conquista de la palabra.

“(el mundo apenas nuestro qué jodida)”.



[1] Juan Carlos del Río en Mercedes Izquierdo Galindo 2010. Espéculo. Revista de estudios literarios. Universidad Complutense de Madrid.  http://www.ucm.es/info/especulo/numero45/imtrilce.html

[2]Galindo, Mercedes Izquierdo. El juego de la imaginación en Trilce. El tiempo, un crisol de pérdida. Universidad de Murcia. Sf.

viernes, 28 de noviembre de 2014

 


 
Poetas que cerraron y abrieron siglos

Leonel Alvarado

 
 Tomado de la Revista Hispamérica, No. 128
 
 

Papeles que no prometen un visado al cielo: muestra de nueva poesía hondureña 


 

Como a muchos países que escasamente figuran en el mapa literario, a Honduras no le ha faltado buena literatura, pero sí buena difusión de la misma. A este mal se enfrentaron los que abrieron nuestro historial literario, como el romántico José Antonio Domínguez (1869-1903) y el modernista Juan Ramón Molina (1875-1908), confinados ambos al exclusivísimo reconocimiento municipal, a pesar de uno que otro espaldarazo transfronterizo. Hay que reconocer que su obra no trascendió, sobre todo, porque ambos poetas se enfrentaron a un medio feroz que terminó aniquilándolos; sus estrategias de sobrevivencia y su admirable velocidad intelectual no fueron suficientes en un país que pronto se convertía en una república bananera; la modernización, que iba de la mano con el Modernismo, no alcanzó a estos poetas.

Ambos poetas clausuran el siglo diecinueve y abren el veinte, tanto ontológica como literariamente. En primer lugar, con ellos comienza uno de nuestros grandes dilemas: la relación conflictiva con un medio que dificulta la subsistencia tanto de espacios de creación como del mismo poeta. Molina es nuestro primer gran poeta del enfrentamiento, lo que luego se transformará, en otros poetas, en compromiso político. De hecho, es en el Modernismo donde comienza esta actitud vivencial y discursiva; como ejemplos, Molina y Froylán Turcios (1874-1943), el modernista involucrado en la causa de Sandino. En otras palabras, en el Modernismo ocurre esa escisión, que terminará definiendo nuestra poesía, entre el espacio privado y el público; por lo general, aunque esto no es tajante, la poesía seguía siendo estrictamente personal, mientras la prosa, especialmente la crónica, podía llenarse de historia, sobre todo al adoptar el discurso antiimperialista. Esto explica que Molina y Turcios escribieran crónicas y artículos incendiarios en contra de la ocupación norteamericana, sin dejar de ser simbolistas y parnasianos en sus textos personales.

En segundo lugar, en la obra de Domínguez y, sobre todo, en la de Molina, comienzan a definirse los que, en mi opinión, son los cuatro discursos que han dominado nuestra poesía: el amoroso, el militante, el existencial y el metapoético. Quizá no haya poeta hondureño que no se mueva entre estos discursos. Reconozco la prevalencia de los dos primeros, lo amoroso y lo militante, a lo largo del siglo veinte; Roberto Sosa (1930-2011), quien sigue siendo nuestro poeta de mayor reconocimiento internacional, está marcado por esta dualidad; esto se extiende a Pompeyo del Valle (1929), otro poeta de su generación, y, sobre todo, a los de la generación posterior: José Adán Castelar (1941), Rigoberto Paredes (1948), José Luis Quesada (1948), Galel Cárdenas (1945), Fausto Maradiaga (1947-2014), Efraín López Nieto (1948), e, incluso, a quienes publican a partir de los ochenta: Juan Ramón Saravia (1951), José González (1953), María Eugenia Ramos (1959), Oscar Amaya (1949)y David Díaz Acosta (1951).

Aunque esto suene a encasillamiento, no hay duda de que estos poetas comparten rasgos esenciales en términos generacionales y discursivos. Tampoco hay que negar la importancia de la presencia de Roberto Sosa, quien influye en muchos de ellos y a veces termina eclipsándolos. 

Otros poetas siguieron el rumbo de una poesía mucho más privada y hasta hermética, marcada por preocupaciones existenciales que se traducían en dilemas metapoéticos; esta línea, que no llega a ser corriente, proviene de Domínguez, pasa por Jorge Federico Travieso (1920-1953), se formula con mayor claridad en Oscar Acosta (1933) y alcanza su mayor expresión en Antonio José Rivas (1935-1995) y Edilberto Cardona Bulnes (1935-1991); más tarde aparece concentrada (quisiera decir, crispada) en Livio Ramírez (1943), quien vuelve a Molina y se replantea los conflictos éticos y estéticos del Modernismo. Con un tono y preocupaciones distintas, a esta línea pertenece parte de la poesía de Segisfredo Infante (1956).

En esta nómina de hombres, en lo que a la poesía escrita por mujeres se refiere, el siglo veinte estuvo dominado por Clementina Suárez (1906-1991), quien, desde los años treinta, irrumpió con una poesía anómala, por su rebeldía y heterodoxia, en un medio que seguía siendo provinciano; la poesía amorosa se volvió erótica y el oficio de poeta se planteó como un compromiso ético que adoptó un discurso no político, sino civil. Para las poetas de los ochenta y noventa, Suárez se convirtió en la poeta que había derribado muros vivenciales y discursivos.

Nuestro siglo veinte no estuvo marcado por la ruptura, sino por la transición generacional; no hubo en nuestra poesía esos enfrentamientos generacionales feroces que ocurrieron entre poetas de  tantos países. Quizá se deba a que la mayoría de los escritores frecuentaba los mismos espacios y, sobre todo, al traspaso de posiciones éticas y estéticas frente al medio, la situación del país y el papel de la poesía; un título de Fausto Maradiaga lo define: La palabra y sus deberes. Esto no significa que todo fuera armonía, pues entre poetas de una misma generación o, mejor dicho, de un mismo grupo, nunca faltaron las rencillas y los arrinconamientos propios del oficio.

 Sin ser sagrados caminamos hacia la luz: cuatro poetas que cierran y abren siglos

Dice Monsiváis que los jóvenes escritores buscan ser diferentes del pasado inmediato para conquistar su propio presente. En nuestra poesía, los jóvenes han conquistado su presente sin rupturas violentas. Precisamente, la poesía incluida en esta muestra es un reflejo de nuestro apego a las transiciones generacionales. Lo que sí ha cambiado es la percepción del papel de la poesía; la palabra ya no asume los deberes de otras generaciones y otras épocas. Para el caso, el discurso militante, prevalente en la poesía de fines de los sesenta a los ochenta, ha perdido su importancia, sobre todo por los cambios ocurridos en la región centroamericana; algunos poetas asociados a este discurso dieron el giro hacia la poesía amorosa, para el caso, Pompeyo del Valle y Rigoberto Paredes. No quiere decir que el compromiso poético-político haya desaparecido; esto fue evidente después del golpe militar de 2009.

El gran conflicto enfrentado por los modernistas entre el poeta y el medio ha cambiado pero sólo para empeorar. A la severidad de la crisis económica se suma una violencia sin precedentes, ahondada por el narcotráfico; cada día se sobrevive peligrosamente mientras se buscan espacios de creación. Sin embargo, los poetas aquí antologados no responden a esta crisis desgarradora con una postura discursiva en la que la ética y “el deber” ciudadanos se imponen a la estética, como lo hicieron algunos poetas de otras generaciones frente al militarismo; en otras palabras, no se recurre a la tan trajinada denuncia ciudadana que tan mala poesía nos dejó. No se le da la espalda a la historia; ésta entra ahora a la poesía convertida en una experiencia asumida desde una voz estrictamente personal.

Los cambios históricos van a la par de cambios estéticos. La mal llamada poesía de denuncia da paso a búsquedas personales centradas en trascender la inmediatez o, mejor dicho, la trampa de la poesía escrita para poner a prueba un discurso sociopolítico. Esto se refleja en la poesía de todos los poetas incluidos en esta muestra.

No es casual que esta muestra se abra con José Antonio Funes, quien comenzó a publicar a fines de los ochenta, en una época en que todavía se vivían las secuelas del terrorismo de Estado, así como llegaba la marea de los conflictos de los países vecinos. Su primer libro, Modo de ser(1989),es fundamental para entender el paso de una poesía pública, por asumir el discurso  comprometido con la realidad histórica, a una poesía privada, en la que la solidaridad ciudadana se vierte a través de la experiencia personal. En su primer libro se advierte un tono intensamente humano y solidario que se ahondará en su poesía posterior, la que, sin abandonar la presencia del dolor humano, se vuelve mucho más personal. Esto ocurre, para el caso, en “Bajo una verde sombra”, poema de ineludible raigambre histórica que, a través de la presencia del padre, se asume como un drama personal; al final del poema, la dignidad del padre se impone a la humillación histórica y personal.

La gravedad del tono de gran parte de la primera poesía de Funes da paso, en su poesía posterior, al distanciamiento saludable entre poeta y mundo que llega con la madurez; el poeta descubre que, sin dejar de ser valedera, la experiencia del drama también puede verse desde un centro no ocupado por el poeta. En algunos casos, el filtro lo da el humor. El tema que, en la poesía de Funes, mejor se presta a esta descentralización del drama personal es el amoroso, como se puede ver en “Euclides pudo haberlo dicho” y, sobre todo, en “A manera de consejo”.

Menciono este asunto de la gravedad en el tono porque me parece que es una característica compartida por los jóvenes poetas de esta muestra. En todos ellos se advierte una seriedad en la escogencia de la temática, en su tratamiento y en el mundo de referencias literarias y vivenciales a las que remite la poesía; esto puede ser parte del hecho de asumir el oficio con una seriedad que lo pone por encima de la banalidad y la brutalidad del medio. Se crea, así, una poesía que busca afincarse en la universalidad de la condición humana, no en una percepción anacrónica de la historia. Un buen ejemplo de ello es la poesía de Marco Antonio Madrid; su poesía, sobre todo su primer libro, La blanca hierba de la noche (2000), está anclada en un mundo referencias clásicas; de la misma manera, a la temática le corresponde un lenguaje que se mueve, con gran versatilidad y eficacia, entre la gravedad y la transparencia. Aunque muchos poetas hayan frecuentado la biblioteca griega, a quien más se acerca Madrid dentro del canon nacional es a Edilberto Cardona Bulnes, poeta con el que comparte algunas de sus preocupaciones estéticas, aunque sin llegar al hermetismo de la poesía pura, tan característico de Bulnes. Alguna vez me pregunté por el sentido que tiene el convocar lo clásico en una ciudad de las Honduras; su sentido, como bien lo entienden ambos poetas, reside en el hecho de querer universalizar la experiencia humana, trascendiendo así el tan trajinado asunto de las literaturas nacionales; la poesía, parafraseando a Paz, es un asunto de lenguaje, no de fronteras. 

El primer libro de Madrid es una noticia feliz en la poesía hondureña; es una obra de madurez que no le da cabida al ‘nada mal, para ser un primer libro’. Por el contrario, se trata de un libro reposado, cuya solidez reside en un trabajo cuidadoso del lenguaje que le permite iluminar viejos temas. Hay en este libro, como en el segundo de Madrid, La secreta voz de las aguas (2010), el apego a un lenguaje que el tiempo ha puesto a prueba; esto lo reflejan los títulos de sus libros, así como la mayor parte de los títulos de sus poemas. Es un lenguaje que, como los temas abordados, evoca otras épocas y otra concepción del oficio de hacer poesía. Como en el título de un poema de esta muestra, se puede decir que la poesía de Madrid vuelve “al último sol” para replantearse, no los conflictos, sino  el peso descomunal de la historia en el presente.Mientras el primer libro está atravesado por la transitoriedad —todo es instante, fuga, reflejo—, el segundo es una experiencia de llegada a un lugar que ahora se contempla, se ahonda en la vida y, claro, en la muerte. En el hermoso y perfecto “Poema para bailar un trompo”, el trompo, como la infancia, sigue girando en un tiempo detenido en el vértigo entre la vida y la muerte; a la pregunta feroz del “Quién vive”, del poema que cierra el libro, una respuesta posible es ‘el trompo vive’, mientras dure su danza al borde del precipicio.

Entre el exceso de poesía pública ligada a causas, Madrid es un poeta de poetas, sobre todo en su primer libro; en el segundo, la gravedad del lenguaje da paso a una mayor transparencia, como el López Velarde —a quien me remite esa vida mínima y entrañable de “las tierras altas”— que regresa al pueblo, su “edén subvertido”, y encuentra a la prima Águeda.

Finalmente, el hecho de que Madrid le rinda homenaje, en uno de sus poemas, al modernista Juan Ramón Molina constituye en sí una de las tradiciones de la literatura hondureña. Me refiero a esa necesidad, tanto literaria como ontológica, que nos lleva a volver a eventos y personajes de un pasado que quedó mal resuelto; por eso, para el caso, nuestra narrativa vuelve a Francisco Morazán, el General decimonónico de sueños truncados; por eso nuestra poesía vuelve a Molina, el poeta abatido por el medio. Se podría ir más lejos y decir que ambos son dos de nuestros padres inconclusos. No es casual que los cuatro poetas incluidos en esta muestra sean más viejos que Molina, quien murió a los 33 años; digo viejos, no mayores, porque Molina seguirá estando entre nuestros mayores.

Atrapado en el provincialismo tegucigalpense, Molina fue nuestro primer flaneur. Por ello, es el primero que se plantea la posibilidad del mito urbano, es decir, con él comienza la tradición poética de inventarle mitos a la ciudad. Tegucigalpa entra, así, a la mitología literaria universal, como tantas ciudades del mundo. Borges, dice Sarlo, le inventó mitos a Buenos Aires; y uno piensa en el Montevideo de Benedetti, la Ciudad de México de Pacheco, La Habana de Lezama, entre tantos etcéteras notables. Al igual que Morazán y Molina, Tegucigalpa es otro de nuestros grandes mitos literarios, por lo que ha sido tema recurrente de muchos de nuestros poetas.

La poesía de Rebeca Becerra entra en esta mitología, y, como Molina, se pasea Sobre las mismas piedras (2002), título de su primer libro. Si bien Molina se sentía atrapado en Tegucigalpa y la aborrecía, Becerra asume de frente el diálogo con la ciudad, la desafía “con algo de infierno en los ojos”, como dice en el mismo libro. Es sumamente revelador que Becerra escriba una poesía de espacios cerrados; sus cuatro libros, dos todavía inéditos, ocurren y transcurren en espacios confinados: la ciudad, en Sobre las mismas piedras y en El principio y el fin; la tumba, en Las palabras del aire (2006); la casa y el cuerpo, en Esa voz que se consume. De hecho, la ciudad, la casa y el cuerpo son espacios recurrentes en su poesía. Se trata de un encierro ontológico, creativo y hasta políticamente opresivo; esto último es patente en poemas sobre los efectos del terrorismo de Estado, tema éste que acerca su poesía a una de nuestras más perecederas tradiciones. Sin embargo, como Funes, Becerra asume el “terrorífico insomnio” como un drama personal que lo aleja de la diatriba pública. Quizá el mejor ejemplo sea Las palabras del aire, un gran poema orgánico que constituye uno de esos poco frecuentes casos en que nuestros poetas se enfrentan a la arquitectura del libro-poema; como una Cinta de Moebius, el libro se mueve entre dos realidades, el sueño y la vigilia; su gran lección quizá sea el que nos obligue a preguntarnos de qué lado están la vida y la muerte.

En estos cuatro libros, al confinamiento, físico u ontológico, se le opone la rebeldía liberadora del amor, el erotismo, los sueños y, claro, la poesía misma. La poeta sigue ocupando el centro del mundo, lo que explica ese tono grave y a veces sentencioso de casi toda su poesía. Sin embargo, uno de los elementos renovadores de la poesía de Becerra es la incorporación de lo que podría llamarse un surrealismo cotidiano que revela el lado luminoso de las pequeñas realidades de la vida: “Cortinas que caen derramando flores sobre el piso de granito” (“Apenas te escribo”, de Esa voz que se consume) o la presencia ubicua de la amenaza: “La mesa solitaria/devorando/los hombres/ las mujeres” (“Desafío”, de Sobre las mismas piedras). Las instancias en que estas imágenes luminosas y amenazantes se filtran en la poesía de Becerra son frecuentes, por lo que ya son parte esencial de su lenguaje; constituyen una presencia de doble filo: liberadora, porque trasciende los límites de la cotidianeidad, y opresiva, al revelar el lado absurdamente brutal del medio en que se vive.

Un elemento también frecuente en la poesía de Becerra, y compartido por los otros poetas aquí incluidos, es el movimiento constante dentro de los espacios confinados en que se vive y se hace poesía; esto no se limita a referencias al avanzar, girar, salir, entrar, irse, etc. Los espacios cerrados (ciudad, casa, tumba) imponen límites ontológicos que se quiere transgredir a través de una movilidad constantemente asediada; podría decirse que, en la poesía de Becerra, todo es irse sin dejar de estar en un aquí de contornos definidos. Quizá sea un retorno inevitable a esa relación conflictiva con la ciudad y el medio que nos viene del Modernismo; la invención de mitos puede ser una salida, una forma de romper esos “muros”, a los que alude el título de un libro de Roberto Sosa. Varios poetas hondureños se han planteado este dilema, y, de la ciudad, lo han transferido al país, como si se preguntaran, siguiendo a George Poulet, ¿qué tiempo es este lugar?

El movimiento dentro de espacios cerrados también es recurrente en la poesía de Salvador Madrid, el otro poeta de esta muestra. Tengo a mano dos de sus libros inéditos: Mientras la sombra y El resplandor de los ojos cerrados, títulos de por sí sugerentes, pues remiten a ese choque de realidades que se acechan constantemente. Se vive en medio de esa fisura que puede expandirse en el lugar y en el tiempo; de ese centro feroz surge la poesía de Salvador Madrid. Esto explica el tono desafiante y hasta beligerante de la mayor parte de sus poemas. Repito, ya no estamos en el territorio de la denuncia política, pero sí hemos vuelto a replantearnos viejos dilemas, abiertos y dejados inconclusos por los modernistas. El siglo que media los agravó; los nuevos poetas los reasumen como conflictos ontológicos, sin buscar resolverlos, pues esa tarea no les corresponde.

Existe, sí, la conciencia de habitar un lugar que es un tiempo endurecido, mal hecho, imperfecto: “Insistimos en creer/que la perfección es intocable/y que para nosotros lo imperfecto/es el único destino” (“Sin quemar las naves”, de Mientras la sombra). Esta es, francamente, una admisión dolorosa, vista en todo su peso histórico, pues habla de un país pesado de imperfecciones, ese “país asesinadísimo”, que decía Livio Ramírez. No es que se busque la apócrifa “tierra ideal”, como se dice en el mismo poema; estos poetas buscan, como lo hicieron tantos, un lugar digno o con al menos cierta cercanía a la dignidad. Pero tampoco se trata de pose o de militancia, pues también se reconocen los límites de la poesía; estos poetas han aprendido, y muy bien, la lección: primero hay que sobrevivir para después hacer poesía. Ésta es lo que se pasa en limpio, como hacíamos en los cuadernos de la escuela primaria, del caos. La poesía surge de esta relación conflictiva, por lo que se vuelve un punto de mira, ese panóptico ocupado por el poeta; esto, como he dicho, explica el hecho de que el joven poeta se vea en el centro: “el hombre joven sabe que la única ventana/a la que puede asomarse en su vida/es el agujero en el pecho del hombre viejo” (“Dialéctica”, de Mientras la sombra); también explica ese tono sentencioso que reaparece en Salvador Madrid.

Como en el caso de Becerra, en la poesía de Salvador Madrid existe la presencia constante de una amenazaque se vuelve mucho más tenebrosa por ser impredecible. Se trata del mismo conflicto histórico que ahora les toca enfrentar a estos poetas. La respuesta es un discurso metapoético, quizá como la única forma de encarar el grave asunto de la sobrevivencia creativa y existencial; esto de ser “cronista de los despojos” (“Ordenanza del caído”, de Mientras la sombra), puede fácilmente convertirse en una trampa para la poesía. Este es un riesgo mayor que antes amenazó a tantos poetas y que, sin duda, los jóvenes poetas pueden ver con claridad, como ocurre en la poesía de Salvador Madrid.

En la poesía de Salvador Madrid se está consciente de un lugar y un tiempo hechos para mirar atrás, pero sin caer en la traición o el espejismo de la nostalgia. Es lo que ocurre en El resplandor de los ojos cerrados; precisamente, la poesía es ese resplandor que descubre patios de la infancia, apegos y amores sin idealizarlos. Si bien existe una conciencia de la pérdida —vieja tradición poética—, es sólo como una forma de “recordar nuestras pertenencias” y afirmar “[el] ruido que lava a la piedra muerta hasta que resplandece”. Es aquí, me parece, donde la poesía de Salvador Madrid gana en madurez y se asienta a través de ese distanciamiento saludable tan necesario en la formación del poeta. A pesar de creer firmemente en el oficio, hay poemas que desacralizan la seriedad de la poesía; se hace poesía como se desayuna o se camina, es decir, como cualquier otra costumbre que evidencia nuestra mortalidad.

Como los de otros poetas incluidos en esta muestra, los de Salvador Madrid dialogan directamente con el mundo interior y con el mundo transitado por la tradición. Reconocerse o no parte de una tradición fronteriza no es una de sus preocupaciones, aunque esto resulte inevitable por compartir historias y espacios con sus antecesores; tampoco importa que estos poetas constituyan una generación. Lo que vale la pena resaltar es que hay en ellos temas y preocupaciones compartidos, y, sobre todo, en cada uno, una voz reconocible, lo que no es poco decir. Todo ellos también comparten la convicción de que, en un país empecinado en hacerle honor a su nombre, los libros, como dice Funes, no nos dan “la prueba del cielo”, pero sí de la existencia.
 

José Antonio Funes

Poeta, académico, diplomático y profesor de literatura. Doctor en Filología por la Universidad de Salamanca. Ha sido Vice-Ministro de Cultura y Director de la Biblioteca Nacional de Honduras. Actualmente ejerce como Agregado Cultural de la Embajada de Honduras en París y como Profesor de Literatura Hispanoamericana en la Université Catholique de l’Ouest (UCO), Angers, Francia. Ha publicado los libros de poesía: Modo de ser (1989); A quien Corresponda (1995) y Agua del tiempo (1999). Poemas suyos han sido publicados y traducidos al inglés, francés y portugués en diferentes revistas y antologías. Es Premio de Estudios Históricos Rey Juan Carlos I [2004] con la obra Froylán Turcios y el modernismo en Honduras (2005).

 
Bajo una verde sombra

Mira padre esos bananales

sombra de tu sombra asalariada

de tu vida vaciada en un silencio verde.

 

Míralos bien

ahora que tus años llegan sigilosos

y se instalan en ese dolor de espalda

ahora que tus sueños se escapan

como el agua dorada que persiguen los pájaros.

 

Padre

después de tantas luchas

y tantos soles manchados de sangre

no hay luz que cruce por tus ojos y no se doble

no hay tesoro que quepa

en la dignidad de tu sombrero.

 

 
Euclides pudo haberlo dicho

 

El amor es un punto

donde un hombre y una mujer

se unen.

 

El amor es un punto

donde un hombre y una mujer

se separan.

 

El amor es un punto.

 

A manera de consejo

 

Nunca dediques poema a mujer alguna.

Los amores posan y luego pasan

ante la cámara absurda de la vida,

mientras los versos avergonzados quedan,

heridos en su honor

de ver a la ingrata que se va con otro,

o se adentra para siempre en la niebla del nunca más.

 

Piensa en la lluvia

y su vieja canción sobre los techos,

en el mar que guarda un cofre de versos a cada poeta,

en el viento viajero que sabe bien de faldas y sus secretos.

 

Nunca dediques poema a mujer alguna.

Mejor díselo al oído,

en esa intimidad

donde la poesía es una caricia inédita,

el bálsamo que alivia todos los dolores del mundo.

 

Lecciones aún no olvidadas

Qué crueles éramos cuando niños.

Sordos al canto, ciegos a los colores,

amigos de la piedra y de la muerte,

matábamos pajarillos que apenas cabían en nuestras manos.

 

Qué injustos éramos cuando niños.

Nos burlábamos del loco del pueblo,

del loco que sonreía a las nubes y a los trenes

soñando quizá con volar, con viajar, con huir de esta miseria

tan impasible como la sombra de los almendros.

 

Qué bárbaros éramos cuando niños.

Jugábamos a la guerra, a sobrevivir en la selva

del que era más fuerte, del que golpeaba más, del que más humillaba.

 

Parecíamos adultos cuando niños: crueles, injustos y bárbaros.

 

Memoria en la Plaza de Anaya


 


Si alguna vez amor, amor que el tiempo aleja y oscurece,


te sientes tentada por el olvido

recuerda aquel beso en la Plaza de Anaya,

allí donde el sol o la nieve eran iguales de hermosos,

allí donde las piedras, siempre jóvenes,

dicen adiós a los siglos y atesoran como una flor la memoria.

 

Y recuerda la cigüeña coronada por ese cielo que sólo existe en Salamanca,

la catedral vestida de oro por las tardes

y el campanario que  nos convocaba en aquella hora sin tiempo

cuando la vida era tan pequeña que cabía en un abrazo.

  

Marco Antonio Madrid

Egresado de la Carrera de Letras de la Universidad Nacional Autónoma de Honduras. Ha sido profesor de filosofía y letras. Ha publicado: La blanca hierba de la noche (2000) y La secreta voz de las aguas (2010). Sus poemas han aparecido en revistas y antologías nacionales y extranjeras.

Junto al último sol

Hundo mis manos en la última luz de la tarde.

Busco en ella quizá tan sólo

el fervor de un recuerdo.

El fruto que nos llama desde el fondo de las aguas.

La huella feliz que espera a lo lejos

el retorno de mi planta.

La luna colgada en los naranjos.

La soledad de aquellos patios.

 

Hundo mis manos en la última luz de la tarde.

¡Y todo está aquí!

Felizmente impalpable.

Como el fuego que yace en la memoria.

Como el vuelo reposado de las aguas.

Como el tiempo que me sueña

junto a la palabra que desciende

y me nombra.

 

En Josafat

 

Preguntaré por ti en Josafat

frente a la vieja luna del abeto.

Preguntaré por ti a las buenas gentes

que ofician en el valle con sus labios

cansados de plegarias y de rezos.

 

Preguntaré por ti sobre el asfalto

en ese mar de sueños y olvido.

Preguntaré por ti y la soledad tendrá sus signos.

La noche y el vino taciturno de sus calles,

la ciudad como un río de luces recorriendo la avenida

la esquina y el zaguán donde el tiempo busca entre

los hombres su ceniza.

 

Preguntaré por ti, mujer, en Josafat,

con el naufragio de mi dolor herido,

y no serás la orfandad de un recuerdo,

serás la pequeña magnolia que da sombra

a mis huesos, el ave reminiscente

que vuelve para abrevar, en mis manos,

el polen de su tarde,

el canto que espere a mitad

de mis cenizas.

 

 

Más allá de las furias

 

En vano será el afán de buscar otros nombres.

De una vez para siempre es Orfeo quien canta.

Viene y se va.

Reiner Maria Rilke

 

Habrás llegado tú, tierna Eurídice,

limpia ya de toda sombra.

 

Habrás llegado a palpar las llagas del vencido.

 

En las frías alamedas, mi cabeza

es tan sólo la lejana contemplación de algún astro.

 

Me defiendo de la noche

tratando de esquivar la marea de esas hojas

que el viento arrastra hasta mis ojos;

el agua estallando en la osamenta del mundo

es tan frágil en mis huesos.

La lluvia cae, y mi mano

roza la piel de algún camino.

Nada soy entre infectadas amapolas,

sobre esta corriente humana

que se hunde en el tedio de la urbe.

Entre el asfalto y la vendimia,

sobre la crueldad del fiero mármol,

no escucharé, el dulce canto de la lira.

 

El fuego lunar de las Ménades ha gastado estos muros.

Devastados los imperios,

muero y sueño junto al rumor espeso de los siglos.

Muero en el sueño de esa boca núbil

que ardorosa remonta la corriente

y me llama y me sueña.

 

El amor une en ti mis pedazos, tierna Eurídice,

limpia ya de toda sombra.

 

 

Fábula

 

Llega la tarde y duerme un poco su luz entre las hojas del patio.

En ella están el canto, la fábula y la memoria primera del ave,

la condición terrestre del hombre y el claro olor de un sol

aún verde en los naranjos, los caminos abriéndose paso

entre las zarzas del tiempo, la negra piedra de oscura lava,

el río, la montaña. El principio y el fin, las aguas que pulen

insomnes el duro mineral de un origen.

 

 

 

Poema para bailar un trompo

 

Giraba el trompo ya sin ninguna broza.

En un haz de sombras y en un vértigo

de luz, giraba como un pequeño sol,

como un planeta o como la luna que nace

entre las hojas del espino.

Mas hacerlo girar era un arte difícilmente

aprendido. Una y otra vez atabas el cáñamo

a su cresta y una y otra vez lo lanzabas

a la tierra ya vencida, hasta hacerlo girar

como una seda y hacer tuyo el aire limpio,

la música y el olor de su madera.

 

 

Rebeca Becerra

 

Egresada de la Carrera de Letras de la Universidad Nacional Autónoma de Honduras. Ha publicado: Sobre las mismas piedras (2002) y Las palabras del aire (2006).

 

Sola a la mesa

 

No me gusta

sentarme sola a la mesa

no encuentro palabras para los cuchillos

si le digo al mantel que está elegante

miento:

no tengo manteles bonitos

 

Soy materia entre materia

y aún no me acostumbro

me da pena sentarme sobre una silla

saludar con ojos al tiempo

cuando ya se ha marchado

o caminar despacio por las calles

dejando a mis espaldas

el vaho silencioso de los perros

 

Lentamente cruzo a través de este tiempo

ocupando espacios que tal vez

no me pertenecen

arrebatando días que esperan sentados

en el umbral de una puerta

acumulando de esta tierra

el polvo que se levanta sobre las cabezas

 

Todo esto es una fiesta

donde no he sido invitada

 

Un ir y venir de soledades

donde el címbalo de mi cuerpo

golpea con su eco

este mar infinito.

 
 

Quiero morir como un hombre

me dijiste;

mientras la muerte como un faro alumbraba tucamino

y asaltaba tus palabras en el aire.

 

Entraba la noche en tus ojos

—lodo de cementerio—

a mí se me derretían los dientes

con el ácido de las lágrimas que me tragaba.

 

Afuera era el mundo: un canasto de naranjas,

un puñado de sal en una diminuta mano que crecía,

un sexo de fuego que explotaba en unos labios.

 

Afuera era el mundo.

 

Los hombres sólo mueren como vos

—te respondí—

limpios y ligeros,

como espigas de trigo que se clavan en los besos,

pero el viento se llevó tu viento.

 

 

Vi que te estabas yendo diminuto sobre el aire,

como un colibrí desesperado por las horas;

y poco a poco me dejabas inundada del secreto detus alas,

convertidas en silencio las palabras de mi boca.

 

Vi que flotabas cada vez que reías,

tus dientes eran soles que explotaban.

 

Ya no quedaba fuerza que te atara;

todo era transparente, todo lo atravesabas

todo lo inundabas, todo lo contenías.

 

Naufragabas en el centro de las cosas,

te llenabas de agua, de fuego, de silencio, de tierra, de aromas;

—todo el mundo contenido en los cenotes de tusojos—

 

Cuando te acostamos no cabías en la tierra

brotaban las raíces, el agua,

te salías por la sombras de las hojas,

en una flor de fuego silbaba tu lengua.


Un solo cuerpo

Desperté peregrina: Una ciudad entera que avanzaba entre las mareas de tus manos.

El tiempo era un cascabel que habitaba nuestros oídos, no teníamos miedo porque no existía el mundo, solo la luz del amanecer que se atrevió a probar, el sudor de nuestra piel.

Ahí estuvimos:

La noche había dejado una legión de hormigas que inventaron caminos y puentes hacia nuestra cena; al agua que atrapada sin sentido reposaba en medio de unos tallos.

Nunca nos sentimos dos: Fuimos una sola nota atrapada en tus labios, un solo paisaje que nacía de tus dedos, un solo verso que resbaló de mis ojos.

Nunca nada nos partió los besos, ni siquiera tu lengua que atravesó mi cuerpo.

 

 

Las viejas horas

 Las viejas horas vuelven, abren mis palabras, encienden los caminos de la sangre, me enseñan tus huesos inundados de espanto.

Tegucigalpa apenas te percibo como un nido de colibrí sobre un árbol desnudo; una solitaria gota de agua que llevo enredada en los labios.

Las viejas horas me abrazan, me torturan como a ti, hermano; me extraen los ojos, las uñas y los dientes; me cortan la lengua, me sangran; me quiebran los huesos y me pintan el pelo del color del río de polvo que atraviesa tus ojos.

Pequeña tu voz me susurra en la espalda, y los pasos avanzan; la piel se me desgaja de los huesos.

Y somos iguales, hermano, los dos sentimos frío y nos buscamos en dos ciudades sobre la misma tierra.

 

Salvador Madrid

 

Poeta y gestor cultural, es licenciado en literatura por la Universidad Pedagógica Nacional Francisco Morazán. Ha publicado el libro Visión de las cenizas (2004) y la antología de poetas hondureños La hora siguiente (2005).  Fundador de Paíspoesible. Sus poemas han aparecido en revistas y antologías nacionales y extranjeras. Es editor del proyecto “Leer es fiesta”, proyecto de masificación de la lectura que ha publicado más de 85 mil libros de circulación gratuita y 480 mil cuadernillos de poesía y cuento en la edición de Diario El Heraldo de Honduras. Actualmente coordina el Festival Cultural Gracias Convoca. Escribe en Diario El Heraldo su sección «Viceversas » dedicada al arte y la literatura.

 

Presencia del olvido

 

Lejos, donde habita el rasguño de la memoria

y un árbol ahuecado que no conoce la mañana,

arde la materia del hombre,

la mueca del muro que lo nombra.

 

Las palabras han sido dejadas

como telaraña sobre el instante

donde cree el hombre que atrapará su pérdida.

 

No es un tímpano

rondando el sonido de esta hora,

ni el miedo que acoraza el grito y el encierro,

es un pequeño golpe sin dolor,

un mensaje que amenaza con dejarse interpretar,

mientras el hombre se asoma a su puerta

y ve de un lado a otro

con la estéril pretensión de reconocer

quién lo llama en la hora del espejismo.

 

 

El último regreso

 

Me recuesto en los escombros

dejados por la luz en estos días

donde fue posible creer.

Presiento los amaneceres,

su ceguera decapita la última gota de la espera

y la acústica de mi tacto derrite al ángel 

que custodia esa lengua que aletea en el vacío.

 

Maldita sea la esperanza que endiosó este barro,

las estaciones donde desaparezco,

las salidas de emergencia hacia el insomnio

donde la desesperación mastica

el vaho de las promesas.

 

He regresado a cada instante

como quien vuelve a una edad donde se fue feliz,

a esas fugas hermosas

entre los bosques y las ciudades;

he ido, para caer otra vez 

y no perdonarme nunca

como corresponde a los elegidos.

 

Otro es el destino

El polvo es el único astro

que se quedó junto a nosotros

a envenenar la cara y la cruz

de quienes soñaron las monedas.

El polvo que toca el laberinto de Dios

y los barcos que parten

a la profundidad de las glándulas.

El polvo de finísima nada mueve los dados,

esboza desde antes, la mueca del perdedor.

 

Y se limpian los tesoros, las cifras.

Se bruñe el cetro de un rey muerto

y se olvidan las uñas del hombre vivo.

 

El polvo no perdona nuestra ambición

de ser eternos como él.

 

Mi pensamiento roza el destello de la palabra,

lo único limpio en el vacío.

Y yo caigo creyendo cantar en su reino de nadie,

lejos, lejos aún del significado que me llama.

 

SOY ESE HOMBRE ante un campo de luciérnagas.

 

La vida no es un campo de luciérnagas. Quizá sea un puente de lloviznas alzado por los sabios que al intuir el mar desde el más profundo de los insomnios comprendieron que nuestro destino es soñarlo todo.

 

Yo he cruzado la antigua oscuridad que se amuralla en tus ojos cerrados.

He burlado a los guardianes de las antorchas y descalzo entre las rendijas del miedo y de los relatos sagrados, he llegado hasta un campo de luciérnagas.

 

La breve noción del lince en mi corazón se ha despertado para contemplar conmigo este gesto del tiempo y la naturaleza.

 

Sólo yo sé que a escondidas he salido esta noche.

¿Ha llovido?

La oscuridad tiene húmedo su lado más oculto y debo cruzar este campo de luciérnagas. Allí hay una puerta dispuesta a ser empujada, un cuerpo cuyos pies desenredan los secretos de las amapolas.

 

 

NOES NECESARIO correr sobre la ceniza para recordar nuestras pertenencias.

 

Quien ve en el abandonado eco de la tarde una casa abandonada y nada más piensa en la pobreza y no en el corazón de los pájaros que migran, no sabe del ruido que lava a la piedra muerta hasta que resplandece; no entiende la canción de los instrumentos construidos para el abandono; ni el reclamo de la intemperie entre los retratos mutilados.

 
Sumergidos en los árboles transparentes permanecen los pueblos que ardieron como herida en la lejanía.

 
La dureza con que nos expulsaron de nuestras casas es la dureza que poseerán los esqueletos de nuestros herederos.
 

Sin ser una revelación, arde, más allá del día, esa fuerza que ni la soledad ha podido destejer con sus relojes podridos, sus espejismos y su servil olor a santidad.